instintoancestral

Saboreando el despertar de ese instinto primario…

Ya nunca volverán esos recuerdos de Verano en el coche

Ya nunca volverán… ya nunca regresarán.

Cuando estás allí, piensas que siempre será de esa manera, no te planteas que pueda dejar de suceder. Y ahora me doy cuenta… y ahora me siento melancólica. Nunca pensé que me podría afectar y que verlo podría hacer que me emocionara y se me pusiera la piel de gallina. Nunca pensé que al verlo podría hacer que me detuviera para dejar que los recuerdos me abracen.

Las vacaciones, cálidas y dulces, veraniegas y llenas de agua y de helados. Sonrisas y gritos, saltos y juegos divertidos al aire libre. Así recuerdo esos veranos con olor a mar.

Así recuerdo esos veranos que desde el siguiente otoño ya ansiábamos que llegaran. Esperando ese mes de agosto en que mi mundo se transformaba en otro totalmente diferente. Y en esta época, veo que otras familias siguen este ritual heredado.

Llegaba el invierno y ya mis padres organizaban y compraban lo necesario para ese viaje, llegando la primavera, ya se contaban los días y se hablaba de ello, en el entorno además, es algo que se vive entre tocayos. Y a falta de días había que ultimar todo aquello necesario para ese mes y también para los familiares de allí que algunos ya pedían lo que necesitaba y a otros, se les llevaba por amor e ilusión detalles y menesteres que les ayudarían a hacer de su vida, algo más cómoda.

Así viví mi infancia y así mi adolescencia y así hasta que me he dado cuenta de forma chocante, que ya dejó de ser y no será.

A dos o tres días, ya el ambiente estaba poseído por una nube de excitación, ya las  maletas y los bolsones se amontonaban en la puerta de casa, ya se revisaban nevera, congelador y comida para que no se estropeara, limpiar y dejar limpia la casa, revisión del coche… ultimar esos detalles. Mis hermanos y yo también teníamos tareas de las que éramos responsables, teníamos que contar todos los primos, hijos de vecinos y llevar de más: comprar caramelos, bolígrafos y rotuladores, gomas y lápices, libretas y folios que luego darían tantas alegrías y tanto desahogo causarían. Estrenar cosas, algo tan habitual en nosotros y algo tan extraordinario y valorado allí. Ya en los dos últimos días: baile de despedidas y “hasta luegos” al vecindario y amiguitos… ya todo estaba a punto.

El mismo día: duchas, aseos, revisar documentación, ropa de recambio, despertar a mi padre de todo el descanso que pudiera haber hecho, maletas en el maletero, maletas en ese acople de encima del coche llamado “vaca”, bolsones en la parte de atrás del coche ya adrede colocados para transformar esa parte en un estupendo colchón donde los tres hermanos dormiríamos plácidamente, con la brisa del aire y el ronroneo del coche mientras mi padre conduciría… ¡qué placer!

La emoción no se puede ni se debe aguantar, estamos todos ilusionadísimos, nos íbamos a encontrar con los nuestros, con la familia, con esos a los que durante once meses no veíamos ni tocábamos, con los que no sentíamos el calor de una familia, con los tíos, los primos y los abuelos. Porque nosotros también teníamos tíos, primos y abuelos, que no veíamos cada fin de semana, ni con los que compartíamos cumpleaños ni festividades importantes, ni con los que nuestros padres nos tendrían que haber dejado si tenían que hacer alguna gestión. Pero sí los teníamos y así lo explicábamos a nuestros amigos, que también creían que vivían en haymas y montaban a camellos todo el día. Pero vivían en casas, unos sin agua que tenían que ir a buscar a pozos o fuentes  y otros sí tenían agua en casa. Otros familiares vivían en casas con electricidad y era todo un aprendizaje de gestión y control. Pero sí los teníamos y a nosotros ya nos valía con saber que ese mes íbamos a ser los más queridos, que íbamos a estar todo el día y toda la noche acompañados de familia. Teníamos ganas de estar en esas sobremesas que se alargaban y si te cogía sueño, ponías la cabeza en el regazo de tu madre, de una tía o de tu abuelo y dejabas que te acariciara el pelo… mientras te dormías escuchando las voces, las carcajadas, la compañía, escuchando a la familia compartir. No estábamos solos, eso ya llenaban los once meses de silencio y “soledad”.

Nos sentíamos muy ilusionados de emprender ese viaje en coche, ese viaje en el que ahora me doy cuenta, que mis padres esbozaban una sonrisa y un brillo especial y emotivo en los ojos. Mis padres iban a volver a sentir la acogida de su tierra, de la que se fueron para una vida mejor para ellos y para sus hijos. En el viaje, canciones típicas que me hacían sentir vergüenza cuando sonaban algunas que no me gustaban. Canciones que trasladaban a mis padres a su querida juventud, al entorno en el que nacieron y se criaron. Ahora puedo recordar haber vusto a través del retrovisor sus expresiones de felicidad, de tantas ganas de abrazar a los suyos y dejarse caer en ese manto familiar y de raíces.

Entre paradas para estirar las piernas y descansar, entre atardecer y anochecer, entre paisajes de carretera, naranjos y ciudades y pueblos sureños, pasaban esas diez o doce horas que eran las últimas del preparativo para la siguiente fase, que aún si cabe, producía más emoción: la llegada y el encuentro en el Puerto, ya fuera de Ceuta o Melilla con otros patriotas a la espera del siguiente ferri. Quizá todavía quedarían dos horas, o cuatro, o eran las once de la noche y todavía quedaban seis horas, daba igual… la fiesta seguía y se compartían conversaciones entre desconocidos, madres conversando animadas como si se conocieran de toda la vida. Niños compartiendo juegos, padres de familia lanzándose carcajadas mientras sorbían café, otros padres descansando por la fatiga del viaje. Daba igual de dónde se venía, si de España, si de Francia, Bélgica, Alemania u Holanda… algo muy fuerte unía a todas esas familias; algo muy fuerte y desgarrador: la soledad y la lucha por una vida mejor, a veces rechazado y a veces aceptado. También algo bonito y fuerte les unía: el reencuentro en su tierra con los suyos. Esa emoción que se alimentaba de imaginaciones de cómo iban a ser esos reencuentros con padres, hermanos y sobrinos y demás personas. A veces se guardaba el secreto para los abuelos, así todavía haría latir más ese abrazo…

En los muelles, en ese asfalto, con el olor a mar y entre coches, con las luces amarillas, en las noches decoradas de vida, todos esperábamos el sonido de la bocina de ese ferri que ya llegaba, cargado de los coches de los que regresan de ese viaje en alfombra mágica que nosotros iniciábamos. Pero en eso no queríamos pensar. Ya tan sólo estábamos pendientes de las señales y los avisos de los trabajadores que coordinaban la entrada al barco. Y ya por fin llegó: todos al coche. Mi padre con billete fresquito de ventanilla en mano, documentación a la vista. Seguían los brincos de los corazones contentos, ¡Cuánta emoción! Encendemos motores, música otra vez, y uno a uno va entrando en ese túnel que le trasladaría a ese mundo del que lleva once meses suspirando la llegada.

En el barco, siguen las charlas, los festejos y las presentaciones de las familias, los juegos de los niños… los ratos en que el va y ven del barco y su ronroneo anestesian y hacen recogerse a la mayoría, ya sea en la butaca, en el camarote o con una toalla en el suelo y a descansar… hasta que amanece y aparecen delante nuestro los primeros montículos de tierra que se perciben en el Horizonte. La gente ya no puede soportar más tanta contención y por eso empiezan a brotar las lágrimas, porque eso que desde hace once meses se imaginaban una y otra vez, deseosos de que llegara, ha llegado y el cuerpo ya no puede contener más alegría, más alboroto. Y bien se sabe que del otro lado también es incontenible, del otro lado también se vibra toda esta espera, con la preocupación además de que los alejados, tengan un buen viaje y lleguen bien a su destino.

Se mezclan muchas cosas mientras contemplo las caras: mis padres piensan si hicieron bien en irse, si hicieron bien en dejar todo atrás, sienten tal dolor que es insoportable. Mis padres piensan que esta es su tierra, que aquí no hay miedo a sentirse rechazado simplemente por ser de otra condición. Mis padres sienten que la raíz de su ser les duele, sienten que esa raíz se ha despertado del sueño de los once meses de lucha y trabajo. Y finalmente, vuelven a esbozar esa sonrisa porque ya hemos llegado a destino.

Nos dicen que todos a nuestro coche, así que no rechista nadie y para allá vamos. Se encienden motores, se abren puertas… se respira el aire que nos abraza y nos da la bienvenida. Se respira el aire que nos lleva a nuestro destino.

Allí mismo, en ese Puerto (antes había que conducir todavía un poco), la invasión de la rendición a los brazos de los familiares es ya inevitable. Silencios, sollozos, abrazos que duelen desde el alma, besos, caricias, miradas con ojos rotos de amargura y alegría a la vez, y palabras bonitas con un alo de impotencia… por tanto tiempo separados y tantas cosas no compartidas.

Un mes, un mes entero para volver a empezar a conocernos, un mes entero en el que oímos a nuestros tíos diciéndoles a nuestros primos que nos cuiden y no se enfaden con nosotros, que hagamos todo lo que nosotros queramos para que nos sintamos queridos. Un mes en el que se mezclan los sentimientos y las costumbres de una vida solitaria con la continua compañía de alguien a tu lado que es tu familia… de un mes.

Pero somos pequeños, y eso no lo sabemos. Somos pequeños y nos encanta sentirnos acogidos y con tanta gente alrededor, estamos muy contentos, no estamos solos ni de noche ni de día y cada vez es una celebración. Somos pequeños y sin darnos cuenta, nos enriquecemos de esta otra cultura de la que provenimos, de la que somos originales y nos aportará, cuando seamos mayores y después de nuestras crisis de personalidad, tannnnnta riqueza y sabiduría.

Pero somos pequeños y hablamos un idioma que no hablamos en once meses casi, y con todo el mundo, aunque bien se nota el acento y la falta de según qué vocabulario. Somos niños y jugamos en la calle todo el día y parte de la noche, bien nos hacemos entender.

Pero somos pequeños, y no somos conscientes de todo esto. No somos conscientes de plantearnos de qué manera pertenecemos a ese origen, si no convivimos durante todo el año.

Ya no somos pequeños y ya nuestro padre no puede conducir un coche y llevarnos cual Rey lleva a su reina, a sus princesas y a su príncipe en el carruaje al baile más especial del año. Ya no somos pequeños y nos damos cuenta de que todo eso se nos ha grabado en la piel como el tatuaje de colores que nunca cicatriza. Ya no somos pequeños y viajamos en avión, con el equipaje justo, en cuatro horas ya llegamos y no en veinte y pasando por todas las capas del ritual.

Ya no somos pequeños y ya no están los abuelos que han ido muriendo mientras nosotros hemos estado en el sueño de los once meses, que ya se transformaban en doce, en veinticuatro meses o en cinco años sin viajar en la alfombra mágica. Los abuelos han ido muriendo y para nosotros ha sido raro porque no hemos sentido su pérdida como otros amigos y eso nos confunde… pero eso es otra historia.

Ya no somos pequeños y me doy cuenta, papá, que aunque tengamos nuestras diferencias, nos has aportado todo lo que necesitábamos para entender y abrazar nuestros orígenes y poder así ofrecerlo a nuestros hijos.

Me doy cuenta, papá, que ya no vas a poder conducir, tu enfermedad no te lo permite. Me doy cuenta, papá, con emoción y lágrimas en los ojos y en el corazón, que ya no volverán esos recuerdos de verano en el coche.

Papá, gracias, gracias, gracias por darnos el regalo más grande: nuestros mágicos orígenes.

 

 

Anuncios

Papá, ya no volverán esos recuerdos de verano en el coche.

Ya nunca volverán… ya nunca regresarán.

Cuando estás allí, piensas que siempre será de esa manera, no te planteas que pueda dejar de suceder. Y ahora me doy cuenta… y ahora me siento melancólica. Nunca pensé que me podría afectar y que verlo podría hacer que me emocionara y se me pusiera la piel de gallina. Nunca pensé que al verlo podría hacer que me detuviera para dejar que los recuerdos me abracen.

Las vacaciones, cálidas y dulces, veraniegas y llenas de agua y de helados. Sonrisas y gritos, saltos y juegos divertidos al aire libre. Así recuerdo esos veranos con olor a mar.

Así recuerdo esos veranos que desde el siguiente otoño ya ansiábamos que llegaran. Esperando ese mes de agosto en que mi mundo se transformaba en otro totalmente diferente. Y en esta época, veo que otras familias siguen este ritual heredado.

Llegaba el invierno y ya mis padres organizaban y compraban lo necesario para ese viaje, llegando la primavera, ya se contaban los días y se hablaba de ello, en el entorno además, es algo que se vive entre tocayos. Y a falta de días había que ultimar todo aquello necesario para ese mes y también para los familiares de allí que algunos ya pedían lo que necesitaba y a otros, se les llevaba por amor e ilusión detalles y menesteres que les ayudarían a hacer de su vida, algo más cómoda.

Así viví mi infancia y así mi adolescencia y así hasta que me he dado cuenta de forma chocante, que ya dejó de ser y no será.

A dos o tres días, ya el ambiente estaba poseído por una nube de excitación, ya las  maletas y los bolsones se amontonaban en la puerta de casa, ya se revisaban nevera, congelador y comida para que no se estropeara, limpiar y dejar limpia la casa, revisión del coche… ultimar esos detalles. Mis hermanos y yo también teníamos tareas de las que éramos responsables, teníamos que contar todos los primos, hijos de vecinos y llevar de más: comprar caramelos, bolígrafos y rotuladores, gomas y lápices, libretas y folios que luego darían tantas alegrías y tanto desahogo causarían. Estrenar cosas, algo tan habitual en nosotros y algo tan extraordinario y valorado allí. Ya en los dos últimos días: baile de despedidas y “hasta luegos” al vecindario y amiguitos… ya todo estaba a punto.

El mismo día: duchas, aseos, revisar documentación, ropa de recambio, despertar a mi padre de todo el descanso que pudiera haber hecho, maletas en el maletero, maletas en ese acople de encima del coche llamado “vaca”, bolsones en la parte de atrás del coche ya adrede colocados para transformar esa parte en un estupendo colchón donde los tres hermanos dormiríamos plácidamente, con la brisa del aire y el ronroneo del coche mientras mi padre conduciría… ¡qué placer!

La emoción no se puede ni se debe aguantar, estamos todos ilusionadísimos, nos íbamos a encontrar con los nuestros, con la familia, con esos a los que durante once meses no veíamos ni tocábamos, con los que no sentíamos el calor de una familia, con los tíos, los primos y los abuelos. Porque nosotros también teníamos tíos, primos y abuelos, que no veíamos cada fin de semana, ni con los que compartíamos cumpleaños ni festividades importantes, ni con los que nuestros padres nos tendrían que haber dejado si tenían que hacer alguna gestión. Pero sí los teníamos y así lo explicábamos a nuestros amigos, que también creían que vivían en haymas y montaban a camellos todo el día. Pero vivían en casas, unos sin agua que tenían que ir a buscar a pozos o fuentes  y otros sí tenían agua en casa. Otros familiares vivían en casas con electricidad y era todo un aprendizaje de gestión y control. Pero sí los teníamos y a nosotros ya nos valía con saber que ese mes íbamos a ser los más queridos, que íbamos a estar todo el día y toda la noche acompañados de familia. Teníamos ganas de estar en esas sobremesas que se alargaban y si te cogía sueño, ponías la cabeza en el regazo de tu madre, de una tía o de tu abuelo y dejabas que te acariciara el pelo… mientras te dormías escuchando las voces, las carcajadas, la compañía, escuchando a la familia compartir. No estábamos solos, eso ya llenaban los once meses de silencio y “soledad”.

Nos sentíamos muy ilusionados de emprender ese viaje en coche, ese viaje en el que ahora me doy cuenta, que mis padres esbozaban una sonrisa y un brillo especial y emotivo en los ojos. Mis padres iban a volver a sentir la acogida de su tierra, de la que se fueron para una vida mejor para ellos y para sus hijos. En el viaje, canciones típicas que me hacían sentir vergüenza cuando sonaban algunas que no me gustaban. Canciones que trasladaban a mis padres a su querida juventud, al entorno en el que nacieron y se criaron. Ahora puedo recordar haber vusto a través del retrovisor sus expresiones de felicidad, de tantas ganas de abrazar a los suyos y dejarse caer en ese manto familiar y de raíces.

Entre paradas para estirar las piernas y descansar, entre atardecer y anochecer, entre paisajes de carretera, naranjos y ciudades y pueblos sureños, pasaban esas diez o doce horas que eran las últimas del preparativo para la siguiente fase, que aún si cabe, producía más emoción: la llegada y el encuentro en el Puerto, ya fuera de Ceuta o Melilla con otros patriotas a la espera del siguiente ferri. Quizá todavía quedarían dos horas, o cuatro, o eran las once de la noche y todavía quedaban seis horas, daba igual… la fiesta seguía y se compartían conversaciones entre desconocidos, madres conversando animadas como si se conocieran de toda la vida. Niños compartiendo juegos, padres de familia lanzándose carcajadas mientras sorbían café, otros padres descansando por la fatiga del viaje. Daba igual de dónde se venía, si de España, si de Francia, Bélgica, Alemania u Holanda… algo muy fuerte unía a todas esas familias; algo muy fuerte y desgarrador: la soledad y la lucha por una vida mejor, a veces rechazado y a veces aceptado. También algo bonito y fuerte les unía: el reencuentro en su tierra con los suyos. Esa emoción que se alimentaba de imaginaciones de cómo iban a ser esos reencuentros con padres, hermanos y sobrinos y demás personas. A veces se guardaba el secreto para los abuelos, así todavía haría latir más ese abrazo…

En los muelles, en ese asfalto, con el olor a mar y entre coches, con las luces amarillas, en las noches decoradas de vida, todos esperábamos el sonido de la bocina de ese ferri que ya llegaba, cargado de los coches de los que regresan de ese viaje en alfombra mágica que nosotros iniciábamos. Pero en eso no queríamos pensar. Ya tan sólo estábamos pendientes de las señales y los avisos de los trabajadores que coordinaban la entrada al barco. Y ya por fin llegó: todos al coche. Mi padre con billete fresquito de ventanilla en mano, documentación a la vista. Seguían los brincos de los corazones contentos, ¡Cuánta emoción! Encendemos motores, música otra vez, y uno a uno va entrando en ese túnel que le trasladaría a ese mundo del que lleva once meses suspirando la llegada.

En el barco, siguen las charlas, los festejos y las presentaciones de las familias, los juegos de los niños… los ratos en que el va y ven del barco y su ronroneo anestesian y hacen recogerse a la mayoría, ya sea en la butaca, en el camarote o con una toalla en el suelo y a descansar… hasta que amanece y aparecen delante nuestro los primeros montículos de tierra que se perciben en el Horizonte. La gente ya no puede soportar más tanta contención y por eso empiezan a brotar las lágrimas, porque eso que desde hace once meses se imaginaban una y otra vez, deseosos de que llegara, ha llegado y el cuerpo ya no puede contener más alegría, más alboroto. Y bien se sabe que del otro lado también es incontenible, del otro lado también se vibra toda esta espera, con la preocupación además de que los alejados, tengan un buen viaje y lleguen bien a su destino.

Se mezclan muchas cosas mientras contemplo las caras: mis padres piensan si hicieron bien en irse, si hicieron bien en dejar todo atrás, sienten tal dolor que es insoportable. Mis padres piensan que esta es su tierra, que aquí no hay miedo a sentirse rechazado simplemente por ser de otra condición. Mis padres sienten que la raíz de su ser les duele, sienten que esa raíz se ha despertado del sueño de los once meses de lucha y trabajo. Y finalmente, vuelven a esbozar esa sonrisa porque ya hemos llegado a destino.

Nos dicen que todos a nuestro coche, así que no rechista nadie y para allá vamos. Se encienden motores, se abren puertas… se respira el aire que nos abraza y nos da la bienvenida. Se respira el aire que nos lleva a nuestro destino.

Allí mismo, en ese Puerto (antes había que conducir todavía un poco), la invasión de la rendición a los brazos de los familiares es ya inevitable. Silencios, sollozos, abrazos que duelen desde el alma, besos, caricias, miradas con ojos rotos de amargura y alegría a la vez, y palabras bonitas con un alo de impotencia… por tanto tiempo separados y tantas cosas no compartidas.

Un mes, un mes entero para volver a empezar a conocernos, un mes entero en el que oímos a nuestros tíos diciéndoles a nuestros primos que nos cuiden y no se enfaden con nosotros, que hagamos todo lo que nosotros queramos para que nos sintamos queridos. Un mes en el que se mezclan los sentimientos y las costumbres de una vida solitaria con la continua compañía de alguien a tu lado que es tu familia… de un mes.

Pero somos pequeños, y eso no lo sabemos. Somos pequeños y nos encanta sentirnos acogidos y con tanta gente alrededor, estamos muy contentos, no estamos solos ni de noche ni de día y cada vez es una celebración. Somos pequeños y sin darnos cuenta, nos enriquecemos de esta otra cultura de la que provenimos, de la que somos originales y nos aportará, cuando seamos mayores y después de nuestras crisis de personalidad, tannnnnta riqueza y sabiduría.

Pero somos pequeños y hablamos un idioma que no hablamos en once meses casi, y con todo el mundo, aunque bien se nota el acento y la falta de según qué vocabulario. Somos niños y jugamos en la calle todo el día y parte de la noche, bien nos hacemos entender.

Pero somos pequeños, y no somos conscientes de todo esto. No somos conscientes de plantearnos de qué manera pertenecemos a ese origen, si no convivimos durante todo el año.

Ya no somos pequeños y ya nuestro padre no puede conducir un coche y llevarnos cual Rey lleva a su reina, a sus princesas y a su príncipe en el carruaje al baile más especial del año. Ya no somos pequeños y nos damos cuenta de que todo eso se nos ha grabado en la piel como el tatuaje de colores que nunca cicatriza. Ya no somos pequeños y viajamos en avión, con el equipaje justo, en cuatro horas ya llegamos y no en veinte y pasando por todas las capas del ritual.

Ya no somos pequeños y ya no están los abuelos que han ido muriendo mientras nosotros hemos estado en el sueño de los once meses, que ya se transformaban en doce, en veinticuatro meses o en cinco años sin viajar en la alfombra mágica. Los abuelos han ido muriendo y para nosotros ha sido raro porque no hemos sentido su pérdida como otros amigos y eso nos confunde… pero eso es otra historia.

Ya no somos pequeños y me doy cuenta, papá, que aunque tengamos nuestras diferencias, nos has aportado todo lo que necesitábamos para entender y abrazar nuestros orígenes y poder así ofrecerlo a nuestros hijos.

Me doy cuenta, papá, que ya no vas a poder conducir, tu enfermedad no te lo permite. Me doy cuenta, papá, con emoción y lágrimas en los ojos y en el corazón, que ya no volverán esos recuerdos de verano en el coche.

Papá, gracias, gracias, gracias por darnos el regalo más grande: nuestros mágicos orígenes.

 

 

– SÓC MARE – Posseïda per l’Instint Ancestral…

Sóc dona, sóc una dona que ja m’he fet adulta, tinc canes i crec que alguna petita arrugueta d’expressió, per sort, de somriure i riure tant.

Sóc dona, dona de més de 30 anys, ja no en tinc 20 ni 18… ja no sóc una joveneta (d’ànima, sí) i sóc MARE.

Com tothom, he vingut a aquesta vida a través d’una altra dona, ma mare, que em va portar al ventre 9 mesos i jo estava connectada a ella a través del cordó umbilical. Tots portem aquesta màgica cicatriu, tots la portem per recordar-nos d’on venim i que seguim connectats a la nostra mare i a la mare Terra.

Sóc dona… fins aquí, perfecte: he crescut, he tingut una infància, una adolescència efervescent, una joventut experimental, que tot plegat m’ha convertit en dona.

Sóc… dona… i… sóc MARE.

Sóc MARE… m’aturo un moment perquè em ressonen per tot el cos aquestes dues paraules. Sóc creadora de vida… tota la part femenina de l’Univers és creadora de vida, evidentment complementada en la seva meitat per una part masculina. Què hi ha més gran que donar vida?

Mare, madre, yimma, mamma, mum… La “m” vesteix una corona amb pedres que fan brillar i vibrar en la consciència.

Aquestes dues personetes que han sigut creades des de la màgia de l’amor em fan desaparèixer qualsevol orgull o ego i només puc que agenollar-me i admirar la seva valentia. La valentia de venir a mi a cegues, confiant plenament en mi, amb aquest amor incondicional que els ha portat a escollir-me com a mare. Com no venerar-los? Com no fer-los senyors del meu cos i de la meva energia? senyors que m’han vingut a escollir per néixer, créixer i trobar el seu camí. Se m’encongeix el cor de pensar que els podria fer mal, que els podria decebre, que els podria no entendre…

És per això que la meva essència de dona, la meva essència de noieta i de nena han retornat a plantar-se davant meu i a defensar amb ungles i dents aquests dos cadells que em necessiten sencera, intel·ligent, forta, íntegra, conscient i humana, transparent amb els meus sentiments, amb les meves fortaleses i amb les meves febleses.

És per això que aquestes essències, a més de la feminitat i el foc sagrat de llum han tornat a despertar i venen rugint tal i com feien i fan totes aquelles mamíferes quan es tracta dels seus petits.

És per això que m’esgarrapen, m’ofeguen a vegades; altres, m’acaricien, d’altres vegades em mimen i d’altres em sacsegen perquè deixi de lluitar contra allò que ve instintiu, que ve animal, que no te raó lògica.

Entro en el tràngol i de sobte en surto tot tremolant i guardant les bones formes… “estem en un món occidental…”, haig de ser bona minyona. “Somriu i que ningú sospiti que t’estàs tornant boja… BOJA D’AMOR!!”. “D’acord, ja n’hi ha prou, respiro i em controlo”, em dic.

Hi ha una força tan primitiva i tant potent, una força que mou tot i que cadascú de nosaltres, homes i dones portem a dins i en un moment o un altre de la nostra existència terrenal, rebrota i empeny amb força…

Hi ha una força que crida punyent per manifestar-se d’una manera imparable des del fons de dins nostre. Fa que ens n’adonem de que la nostra essència és única, que sobren els perjudicis i les pors i les fòbies i les inseguretats.

Hi ha una força que quan surt, fa desaparèixer tot, ens manté alerta i ens fa reaccionar i actuar com ens vingui de gust, sense haver de ser políticament o socialment o simplement correcte…

Hi ha una força que quan surt, ens fa sang, ens envolta, hi ha una força que quan surt, ens fa únics i a la vegada ens fa units. Hi ha una força que des de que sóc MARE cada cop fa penjades més arrelades a la MARE TERRA, hi ha una força que esparraca qualsevol vestit de formalitat.

Així explota el meu cos i la meva ànima, així ballo a la vida, posseïda per l’Instint Ancestral.

Bailando a la Luna con mi bebé.

-“Las mujeres hacían esto como un baile a la luna, era un baile nocturno y dejaban su vientre descubierto para que les diera fecundidad”-.
Es una de las teorías extendidas en un intento por entender los orígenes de esta danza, y una de las teorías más tiernas y melancólicas oralmente descritas entre las mujeres de origen oriental y del norte de África.
Actualmente se conoce la danza del vientre como un espectáculo hipnótico de movimientos rítmicos, pero existe desde las sociedades orientales más. Es una práctica habitual bailar esta danza en reuniones de mujeres con motivo de celebración: bodas, bautizos, Aid Kbir…, por propia experiencia os digo que no hace falta un motivo especial para que en una reunión se ponga música que envuelve el oído, que hace vibrar la sangre, dé un vuelco el corazón y el cuerpo reaccione moviéndose al ritmo que va y viene de una percusión llena de fuerza.
En una misma reunión se puede ver cómo evoluciona esta danza: abuelas  que bailan serpenteando sus manos y contoneando las caderas con una experiencia más que adquirida. Madres que se lanzan con una sonrisa a coquetear con el ambiente con sus manos también serpenteantes y que van y vienen de la cabeza a la cadera, miradas de complicidad entre ellas y sus mayores demostrando el poder femenino a través del lenguaje que hablan sus caderas, hombros, vientre… Un vientre experimentado en gestar y parir. Miradas penetrantes de ojos maquillados con khol llenos de vivencias y emociones. Miradas fijas en sus descendientes a las que llegan bailando con sus trajes vistosos y alegres y a las que rescatan para sumarlas a esa danza magnética. Jóvenes damiselas que mueven, algunas más expertas y otras menos, sus cuerpos intentando seguir tímidamente los movimientos que sus mayores están marcando. Finalmente algo que mi retina de niña retuvo: veo salir a 2 mujeres con bebés muy pequeños en sus brazos a contagiarse de la energía transformada que crecía como un huracán y allí estaban: bailando con sus retoños acompañadas y rodeadas de las demás mujeres que liberaban sobre ellas todo el amor de un instinto ancestral. Ellas sonriendo relajadas, tranquilas y los bebés parecían estar también en movimiento, a gusto, escuchando esa música que crecería con ellos. Los bebés bailando en brazos de mamá.
Son muchos los beneficios físicos y emocionales que esta danza aporta. Los músculos de todo el cuerpo trabajan para coordinar los movimientos. El vientre, que es el punto como mujer que más nos beneficia se abre, se deja sentir para recibir todo el poder necesario para ser más fuerte, para ser más respetado y oído. Para que conozcamos y dominemos qué pasa en nuestro cuerpo teniendo como centro ese triángulo milagroso de la mujer. A entender y tomar consciencia de la descendencia que heredamos y nuestras hijas heredarán de esas primeras madres que parieron y marcaron en nuestra genética esa naturaleza.
La danza del vientre nos ayuda a prepararnos para el proceso milagroso de la reproducción, nos ayuda en el embarazo a entender más a nuestro útero, a relajar las tensiones que podamos ir acumulando en la espalda, molestias en el bajo vientre, calambres en las piernas… Nos ayuda en el parto a mantener los huesos y músculos de la pelvis abiertos y en movimiento acompañando a nuestro bebé a que encuentre la posición necesaria para acomodarse y encuentre el canal de parto. Y en el postparto nos ayuda a relajarnos, a seguir escuchando nuestro cuerpo renacido después de parir, a sentir que somos alimento facilitando la subida de la leche. Nos ayuda a fortalecer y restablecer los músculos abdominales y pélvicos. Nos ayuda a entender que somos mamás y a alejar esas sensaciones de inseguridad que producen el estrés de una nueva situación.
Bailar abrazada a tu bebé te permite entrar en otra dimensión de la maternidad. Bailar abrazada a tu bebé despierta el primer y más puro amor que desde la Tierra emana y nos contagia. Abrazada a tu bebé puedes bailar sin cansarte, cantándole al oído, cantando a tu ser con los ojos cerrados y la sonrisa en los labios. Abrazada a tu bebé puedes sentir cómo volvéis a ser uno, a encontrar ese equilibrio de cuando le tenías dentro y a entender que es una persona que te necesita para empezar en esta vida. Abrazada a él puedes entender que a medida que crezca bailarás a su lado acompañándole en la vida para que sea un ser independiente.
Abrazada a él te llenarás de ese sentimiento que mamá Tierra reservó para ti: te llenarás del amor maternal a la luz de la Luna.
Abrazada a mi bebé, le bailo a la Luna agradecida de este poder.

 

(Entrada en blog “La Saleta” por mí).

Los intensos ciclos de 9 meses

Pronto harán los 9 meses de embarazo externo… pronto hará ese año y medio que empezamos a ser una… pronto harán los 9 meses de los que decidiste ser tú misma.

Una vez más, has hecho renacer en mí misma. Hiciste de mi anterior ser alguien incompleto para ya caer rendida de nuevo a ti… caer rendida a ti tal y como lo hice con tu hermano, él me dio el empujón a esta dimensión. Él me ayudó a dejar atrás mi viejo cuerpo para hacerme sentir digna de teneros a los dos.

Todo eso que te dicen y te hablan del amor incondicional es tan cierto y tan cortas se quedan las palabras. Realmente ahora estoy partida en dos, cada uno de vosotros sois la mitad de mí.

La sensación contigo fue la misma que la de con tu hermano: esa sensación de ya conocernos desde antes, de tener esas ganas de veros y tocaros, sentir y oler vuestra piel. De esperar el momento justo para nuestro encuentro. Los dos sois lo más especial y lo más grande que tengo pero, con permiso de tu hermano, voy a dedicarte unas palabras exclusivamente a ti:

Princesa, hadita de todos los bosques mágicos del Universo. Alma pura y fuerte fémina. Es coraje el que siento cuando pienso que nos habéis escogido para ser vuestros protectores y guías, vuestros acompañantes cuando ya estaréis preparados para seguirlos sólos. Es inimaginable deshonrar vuestra elección, es impensable decepcionaros. Habéis escogido crecer con nosotros sin ninguna condición, con toda la confianza y todo el amor y nosotros no debemos ser menos. Nosotros sólo podemos que reverenciar esa valentía y hacer de vuestra elección la mejor de ellas. Venís libres a través de nuestro cuerpo, para ser seres que caminan por los caminos de esta Tierra, vuestra casa, sin complejos, sin límites de crecimiento y con el instinto de buscar vuestro bienestar.

Grabadas en mis líneas de destino todo el proceso de tu embarazo, tu parto y éste que está siendo tu postparto. Claro que todas y cada una de las palabras que definen todos los segundos de esa etapa se te explicarán con los ojos tímidos de emoción y las letras fijas que mis manos puedan darte. Pero ahora, me dejo llevar por lo que los latidos traen a mis dedos para escribir sobre ti ahora que estás a punto de tener 9 meses. Mi bebé mágica, con esa sonrisa de dientecitos blancos. Con esa sonrisa de luz y de plenitud. Me estás enseñando cada día a valorar y a sentir que estamos aquí ahora, no hay más, ni pasado ni futuro. Sólo ahora. Y cuando te acurrucas en mí, cuando siento tu olor y tu cuerpecito caliente, me fundo, pierdo todo el peso y me elevo al Universo, prueba de ello es la gotita de amor que cae por mis ojos.

 

Gateas, caminas, VUELAS.

Vuelas, a cada pasito que das vuelas.

Tu cuerpecito se mueve tiernamente a cada pasito que das. Descubriste con 11 meses y poquito que hay una nueva manera para seguir explorando y descubriendo la cuna que nos mece a todos. La madre naturaleza te acoge en sus caminos para que sigas creciendo feliz, libre.

Ya son casi 14 meses y cada día admiro más esa capacidad natural, salvaje, por superarte un poquito más a cada momento. Están grabados en mi memoria esos momentos en los que buscabas algo para apoyarte y luego ponerte de pie, aguantar el equilibrio y mientras me mirabas fijamente buscabas mover un piececito. Así una y otra vez, algunas veces avanzabas y otras caías pero siempre volvías a ponerte de pie. Viendo cada gesto tuyo retrocedo en mi consciencia para aprender a superarme sin más, sin pensar si hice mal o hice bien, sin pensar que podría haber hecho así o “asá”… me enseñas a que hay que seguir adelante, levantarse si uno se cae y seguir. Seguir con la sonrisa.

A gatas, si caías seguías adelante a gatas hasta volver a alzarte. Ni el Ave Fénix podría igualarte, ni a ti, ni a ninguno de estos seres tan especiales que sois los bebés, que somos todos porque todos hemos sido bebés. Cuando ya dominabas tu medio a gatas decidiste empezar a elevarte, ponerte derecho y estirar tus piernas. Así una y otra vez hasta que se te ocurrió que mientras estabas apoyado podías caminar y no caerte. Recorrías arriba y abajo cualquier espacio en el que estuvieras, si no tenías apoyo nos lo hacías saber a tu papá o a mí y veníamos a darte la mano y tú seguías adelante, mirándonos en ocasiones y en otras concentrado en tu actividad. Concentrado en el aquí y en el ahora.

Ahora sigues recorriendo esos espacios sin necesidad de apoyarte, tú sólo has sido quien fue decidiendo cuándo ir soltándose. Caminas sólo, no necesitas nuestras manos aunque sabes que estamos allí si hace falta.

Hay algo a lo que estoy enganchada: me siento en el suelo, a tu altura para que nuestras miradas se crucen en la misma recta, para ser igual que tú, para ser tu alumna. Te hablo, te miro, te sonrío y vienes hacia mí para echarte en mis brazos, vienes hacia mí mientras me das luz con tu mirada, mientras me alimentas con tu risita, ¡¿cómo no voy a estar enamorada de ti, pequeño duendecito?! ¿Cómo no voy a estar loca por pasar cada rato junto a ti? Noto tu peso pegado a mi cuerpo y éste se estremece de felicidad, de sentir que este ser independiente que eres ha salido de mi cuerpo. Me parece todavía un milagro.

Estoy a tu lado, debes volar sólo, debes hacerte a ti mismo, pero estoy a tu lado para acompañarte hasta y donde tú decidas para que luego tú puedas seguir y encontrar tu camino pero recuerda: siempre, siempre, estaré a tu lado para lo que necesites. Nuestra sangre es una así que ese es el sello de mi promesa.

Hazte escuchar: grita, pisa fuerte. Nanorrelatos:

Tristeza.

Está desnudo, tiene frío, tiene hambre. Sonríe. ///

 

Desnuda.

Por ti me arranco el velo, por ti olvido.///

 

No te vayas.

No cierres los ojos… no por favor…///

Dormía.

Y ahora despierto a una nueva vida en paz.///

 

Era una pesadilla.

Eso creía al despertar, pero sigo aquí.///

Caída libre.

Salto, vuelo, el viento de cara…///

Respiro.

Por fin cruzo, por fin llego. Adiós.///

Sombras.

Nada de luz, sólo sombras y murmullos, ¿dónde estoy?///

Andando.

Algunos viven durmiendo, otros caminan.///

Danza del Vientre, mi expresión. DE PIE, AFERRADA A LA TIERRA

DE PIE, AFERRADA A LA TIERRA. De pie, de frente a tu espejo mírate y descubrirás que tienes todo lo que tienes que tener para ser una Diosa: un cuerpo con dos brazos, dos piernas, una linda cabeza con un bonito cuello, un torso recto, unas caderas con forma de corazón, un vientre milagroso donde tu ombligo espera a ser despierto… Ponte música mística que habla de profundos sonidos y rítmica percusión. Abre tus brazos relajadamente arqueándolos como si fueras un ave de plumas blancas y brillantes, aferra tus pies únicos a la Tierra que nos da la vida, cierra los ojos y siente cómo tus caderas te guían… déjate llevar… Y si quieres compartir y desarrollar esta experiencia tuya y única estás bienvenida a nuestro grupo de Danza Oriental. Tengo el gran honor de llevar en mis memorias genéticas la herencia de un baile milenario, un baile que crece con la evolución de la humanidad. Es un baile que nos hace retroceder en el tiempo, nos hace sentir que no hay prisa. Es “Raks sharki”, es la Danza Del Vientre. Soy de padres árabes y desde muy pequeña me llamó la atención este tipo de baile. Oía música oriental y enseguida mis sentidos se centraban en ella, me ponía de pie para bailar y me animaban los aplausos de mi madre. Más de una tarde, más de una noche se han pasado los ratos bailando, sola en mi habitación delante del espejo, con mi madre o en cualquier reunión de mujeres. Entre videos y clases magistrales de diferentes mujeres fui evolucionando y coordinando mejor los movimientos hasta que un día me soltaron para que siguiera enseñando y manteniendo vivo este arte expresado en movimientos serpenteantes e hipnóticos. Orgullosa de poder ser una pequeña parte de la manifestación cultural de mi pueblo. Pelvis fuerte, flexibilidad en el vientre, lumbares fortalecidas, espalda recta, hombros atractivos, torso abierto y esbelto; piernas fuertes, brazos tonificados, trabajo de grupos musculares de forma independiente, coordinación de todo el cuerpo, tono abdominal. El corazón también baila: ejercicio cardiovascular. Firmeza y flexibilidad de articulaciones para todo tipo de cuerpos y edades. Principalmente para mujeres pero también para hombres. Estos son algunos de los beneficios físicos que nos entrega esta danza. Mantenemos joven nuestra columna vertebral. Mejora la coordinación de nuestro cuerpo dándonos sensualidad y elegancia. Para lo que no se ve y es igual de importante: mejora nuestra autoestima, la confianza en uno mismo. El bienestar aparece y transforma el ambiente en un único huracán de energía positiva y enriquecedora. Cultivamos la intuición, la propia sensibilidad. Con los pies firmemente ligados a la Tierra atenderemos a nuestro estado real, a nuestro YO, tomando conciencia de nuestro cuerpo y amarlo como es. Tomamos conciencia de que somos parte de la naturaleza a través de los movimientos que expresamos mientras bailamos. Se cae la cortina rígida que bloquea nuestras emociones y sentimientos. Encontramos nuestro centro de gravedad, nuestro equilibrio entre mente y cuerpo. Especialmente para la mujer: esta danza desbloquea la energía estancada en la zona ovaropélvica con lo que regulamos la menstruación porque se equilibran los ovarios. Yo entiendo la danza del vientre como una manifestación de la energía explosiva que el Universo nos ha dado, materializándola en movimientos sugerentes y sensuales. La magia sigue con la transformación del lenguaje: pasamos de intentar controlar con la mente los movimientos a que sea nuestro Vientre quien dirija las contorsiones y contracciones. Todos tenemos nuestro único Sol: el ombligo que actúa soltando los rayos de luz y vibraciones al resto del cuerpo. Es el centro del que venimos, es lo que nos conectó a nuestras madres y estas a las suyas y así hasta los orígenes. Despertar este centro es un trabajo muy potente que sólo nos aportará sensaciones y deseos buenos. Un secreto: la improvisación en esta danza es fundamental para conocerla. Para ello también trabajamos esta parte. Es cierto que vemos coreografías a cual más bonita pero la culminación es saber interpretar y leer con nuestro cuerpo cada compás de la música que suena. La gran magia continúa en otro aspecto al que la Danza del Vientre aporta muchísimo. Con gran respeto me refiero a todo el proceso reproductivo de la mujer: desde preparar nuestro centro para gestar, acompañando a la mami y a ese bebé durante el milagroso proceso de gestación, hasta dar la mano a esa mamá que ya ha parido y necesita recuperar y restructurar esa cueva mágica y sus puertas. También para que a nivel emocional siga sintiéndose esa gran mujer que se escogió que fuera. A ritmo de percusión y sonidos de la Tierra aprendemos durante el embarazo a rencontrarnos con el instinto primitivo y mamífero para el que estamos preparadas, conociendo nuestro cuerpo sabremos que no tenemos miedo al momento que llegará de dar a luz. Escucharemos las voces de otras mujeres que nos acompañarán en ese momento. Y cuando nuestro bebé nos avisa de que quiere salir nosotras sabremos cómo movernos para que pueda pasar por el Canal a ritmo de percusión y sonidos de la Tierra. Para nuestro bebé eso le es familiar porque lo ha sentido con nosotras mientras estaba dentro. No hay miedo, no hay soledad. Después de tenerle es muy bueno seguir vibrando con esos ritmos, seguir bailando, seguir sintiendo que somos mujeres, que tenemos un cuerpo bello del que hemos creado vida. Cuando seguimos moviéndonos estamos agradeciendo a la Tierra que nos haya otorgado el gran poder. Cuando seguimos moviéndonos no nos sentimos solas, no nos sentimos perdidas en el camino de ser madre, seguimos escuchando nuestro instinto para criar a nuestro “cachorrito” con todo el amor incondicional. Si seguimos moviéndonos ayudamos también a que nuestro útero, nuestra Pelvis, nuestro vientre en su totalidad vaya volviendo a su sitio sonriente por la gran tarea que ha hecho. Nos movemos y generamos la fuerza necesaria para que a través de nuestros senos se genere el mejor alimento que hará crecer y protegerá a nuestro bebé: nuestra leche materna. Como ya en otra ocasión dije así es como lo vivo: bailando a la Luna con mi bebé.

Viquipèdia per entendre una mica la fusió de cultures:

Multiculturalitat De Viquipèdia La multiculturalitat es dóna quan en un grup hi conviuen cultures, o de vegades es refereix a ètnies, diferents. La multiculturalitat no implica que els membres del grup pertanyin a més d’una cultura, és el grup el que té almenys dos individus de cultures diferents. En una situació de multiculturalitat, aquestes cultures poden tenir entre elles diferents relacions, poden conviure en pau o estar enfrontades. Cada cultura resta independent de les altres, sense intercanvis ni influències remarcables. Quan un individu pertany a més d’una cultura -per exemple, per lligams familiars diferents de pare i mare, com a conseqüència d’una immigració portada d’una certa manera, etc.- llavors es parla d’interculturalitat per a aquest individu. Un grup format per membres que, cadascun d’ells, té influències significatives de més d’una cultura, és intercultural. Si al grup hi ha diferents cultures però els seus membres resten a la seva, llavors és multicultural. Parlem de multiculturalisme a una visió filosòfica i/o una acció (o proposició d’acció) política davant d’aquesta realitat multicultural (vegeu-ne l’article corresponent).

Preparaos mujeres de las que desciendo, mañana compartimos energía.

Así es, así será mañana…

¡Qué ganas tengo de este taller con Erika Irusta! Vamos a ver qué se mueve por dentro y por fuera durante y después de este precioso taller.

Hasta que he podido hacerlo he recibido elogios por todas partes sobre este curso. De todas las mujeres que me han hablado de él puedo decir que en común tienen la misma sensación: sanación.

No sé en detalle de qué se trata, sólo que te llena de paz.

Me veo preparada, me veo haciendo los deberes para mañana estar en punto en nuestro sitio de encuentro, con otras mujeres, con otras mamás, hijas, nietas, tías y quizá alguna hasta sea abuela.

Sentada frente a mi ordenador recorro con mi mente un círculo alrededor de mí de imágenes de las mujeres que han hecho de mí quien soy hoy. La primera que veo es esa mujer de la que todas venimos y a las que a cada una nos ha tejido un mensaje en el ADN. Un mensaje codificado que despierta a cada mes, un mensaje que se prepara para descubrirse cuando gestamos y después sale a la luz cuando parimos. Un mensaje que viene con nuestro bebé al nacer. Duele recibir ese mensaje, duele porque es una transformación. Es como convertirse en vampiro que mueres y vuelves a renacer, como el ave Fénix más bien porque el renacimiento te hace poderosa. Vuelves a nacer en vida y los vampiros renacen en la oscuridad.

Ese mensaje se graba de repente en nuestras entrañas, se graba en nuestros pechos, en nuestro cerebro. Podemos cerrar los ojos y escuchar ese mensaje. Ahora ya no lo podemos dejar atrás. Algunas mujeres incluso llegan a dejarse llevar por el portador del mensaje, otras deciden no seguirlo o simplemente no lo escuchan, no lo leen. ¿Quién es el portador del mensaje?

Dejarse llevar por el portador del mensaje es algo maravilloso, es algo que hace desgarrar tus pensamientos más racionales y los entrelaza hasta volverlos instintivos. ¿Quién es el portador del mensaje?

Dejarse llevar por el portador del mensaje es caerse y darse de bruces contra la rutina dormida, contra el no escuchar a nuestro cuerpo o manipularlo contra natura. El mensaje nos trae palabras que se clavan en el corazón y luego corren por nuestras venas hasta que somos conscientes de una nueva realidad. ¿Quién es el portador del mensaje?

Dejarse llevar por él nos lleva a volar por las conductas más primitivas con nuestros cachorros, nos lleva a volar por las conductas más primitivas y maravillos en nuestra sexualidad. Dejarse llevar por él nos lleva a entender que en cada pequeña decisión que tomemos, en cada pequeño gesto que hagamos de amor hacia los nuestros encontramos un poquito más de felicidad. Nos lleva a vivir intensamente los momentos de cada segundo. ¿Quién es este portador tan maravilloso del mensaje?

Este portador es el núcleo de toda mujer, es el núcleo de toda vida. Este núcleo está conectado al núcleo palpitante de Mamá Tierra desde los inicios de nuestra especie. Este núcleo es igual para todas las mamíferas. Este núcleo debe escucharse, debe respetarse, este núcleo da la vida. Este núcleo es nuestro ÚTERO.